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Tocan a la puerta.

Dejas el martillo con el que estabas colgando el retrato de tu querida Andrea. Te pones las pantuflas, te pasas la mano por el pelo y te acercas a la puerta preguntándote quien te busca a altas horas de la noche. Antes de abrir, miras de reojo el reloj que colgaste en el pequeño comedor. Son las once cuarenta y cinco. Casi media noche.

Justo en el momento en el que abres la puerta se va la luz, impidiéndote ver al sujeto que está parado frente a ti, pues la única luz es la que se encuentra alumbrando los columpios del parque.

Sientes un escalofrío repentino, pero amablemente y un tanto extrañado preguntas quien es. Te responde una voz ronca, apagada y llorosa. Suena como la voz de un adolescente, lo cual te extraña aún más pues ninguno de tus conocidos es menor de 40 años. Además, tampoco has conocido a tus nuevos vecinos.

“¿E-E-Está… Ra-Raúl? Necesito ha-hablar co-con él urgentemente. ¿Podría llamarlo po-por favor?” dice el muchacho.  Te lo quedas mirando fijamente, tratando de ver bien su cara. De repente regresa la luz. Todas las luces de tu casa se encienden, excepto una. En ese momento piensas por qué no ha prendido la luz del recibidor y maldices en tu interior pues tienes mucha curiosidad de verle la cara. “Lo siento, creo que te has equivocado de casa”. Pero al parecer tardaste mucho en contestar pues aquel extraño chico ya no estaba.

Observas la calle cuidadosamente con cara de incredulidad. Volteas a todas partes y no hay nadie. Ni un perro, ni un gato, ni una rata, ni un alma… o por lo menos eso crees.

Cierras la puerta. Regresas al cuarto en el que colgabas el retrato de Andrea. No puedes dejar de pensar en el chico.

Mientras caminas hacia el cuarto, tratando de olvidar lo que acababa de ocurrir, las luces vuelven a fallar. En lugar de seguir hacia el cuarto, te diriges a la cocina. Buscas en uno de los cajones de la alacena una lámpara que recuerdas haber colocado allí hace poco. La encuentras y la quieres prender. No se puede. Le das unos golpecitos y sigue sin prender. Del mismo cajón sacas un paquete de pilas. Agarras dos y se las pones a la lámpara. Ya prendió. La apagas y la metes en el bolsillo del pantalón negro que llevas puesto. No sabes qué le ocurre a la luz, pero lo más seguro es que sean los fusibles de la casa. Después de todo ha estado deshabitada por lo menos unos 25 años.

“Abre la puerta ya…”

Al escuchar esa voz susurrante volteas rápidamente, muy asustado. No hay nadie. ¿Quién podría ser, si tú eres el único que estaba en esa casa tan solitaria? Te diriges hacia el ventanal de la sala, que da a la calle y corres la cortina morada de cuadros. Quitas el seguro y abres la primera ventana bruscamente. Un viento helado entra, chocando con tu cara, de tal manera que cierras los ojos apretadamente, pues sientes como si te hubieran dado decenas de arañazos desgarradores en un segundo. La cierras de nuevo con un movimiento rápido. Te frotas la cara con las manos tratando de calentarla, pero aún sientes dolor en ella. Una vez que el dolor pasa, corres a tú cuarto, te encierras y te sientas en la cama. Justo enfrente de ti, está el retrato de Andrea. Lo contemplas detenidamente. Sientes que sus ojos te clavan la mirada, provocándote muchas sensaciones al mismo tiempo. Te ha parecido ver que no es la misma. Antes de que tocaran a la puerta, ella sonreía. Ligeramente, pero lo hacía. Estás completamente seguro de ello. Ahora está entre seria y… ¿enojada? Podrías jurar que su ceño se ha fruncido en esa fracción de tiempo en la que no estuviste en el cuarto.

Al principio, pensaste que tus ojos te fallaban. Cogiste tus lentes del buró y te los pusiste. Regresaste al retrato y la viste de nuevo. Estudiaste su cara detalladamente. Sigue enojada. Debiste beber mucho esa tarde.

Decides pensar que tienes mucho sueño, y eso te está provocando alucinaciones. Extrañas alucinaciones.

Te quitas la playera y el pantalón. Se va la luz. Maldices horriblemente pues has quedado completamente a oscuras y se te ha olvidado donde dejaste la piyama. Pero recuerdas haber colocado una lámpara en el pantalón. Lo recoges del piso y registras los bolsillos. Sacas la lámpara y la enciendes. Vas a la cajonera, te agachas y abres el penúltimo de seis cajones. Agarras un short viejo y te lo pones. Al momento en que te levantas regresa la luz. Ahí estás de pie, reflejado en un espejo, solo. Se vuelve a ir la luz. Sientes un frío congelante en tu hombro izquierdo. No te mueves de donde estás. La luz regresa y ves una figura detrás de ti. Una figura hermosa, de la hermosa Andrea. Estaba totalmente pálida, pero se le notaba muy enojada. Usaba un vestido blanco y brillante como la luna. Antes de desmayarte, ella te susurró algo al oído y se desvaneció completamente.

Diiin. Las campanadas de ese maldito reloj de péndulo que te regaló tu tía Alba te despiertan. Diiin. Te levantas del suelo. Diiin. Son las tres de la mañana en punto.

Recuerdas todo perfectamente. Como si hubiera sucedido hace un minuto y no hace tres horas. La luz está prendida. Te levantas y corres a tu escritorio. Arrancas una hoja de la libreta azul y con una pluma anotas algo desesperadamente, como si no quisieras olvidar ningún detalle de algo que te han dicho. En este caso, de lo que te dijo Andrea.

La cabeza te está dando vueltas y vueltas. Lees la hoja una y otra vez. La luz falla de nuevo. Esta vez decides tirarte en la cama y no moverte.

Todo está oscuro. Cierras los ojos y ves una imagen. Ves otra y otra. No sabes de qué se trata. La cabeza te da punzadas. Ahora no solo ves imágenes sino que también escuchas voces. Unas voces de un grupo de jóvenes hablando entre susurros. Ves a Raúl, y frente a él, te ves a ti, tomando la mano de Andrea. Muchos recuerdos llegan a tu mente. Tantos que te hacen pararte de la cama, apretando tu cabeza con tus manos, llenándote de lágrimas los ojos. Tratas de levantar la mirada, aún con el dolor, y lo único que consigues ver en ese infierno oscuro en el que se ha convertido tu cuarto, es a Andrea. Allí está, parada frente a ti riendo frenéticamente.

Al fin logras pararte bien y comienzas a gritar. Suplicas perdón. Te arrodillas ante el fantasma de Andrea, explicando que no quisiste hacerlo. Que no fue tu intención. Que eras muy joven.

El dolor se detiene. Andrea te mira muy fijamente. “¡Como te atreves a venirte a vivir a esta casa, y a dirigirme la palabra después de lo que me hiciste! ¡No te lo voy a permitir! ¡Y Raúl tampoco!” Sus ojos llenos de furia comienzan a tornarse de un rojo vivo. Todos tus muebles comienzan a estallar uno por uno, dejando caer tus cosas al suelo. Los trozos de madera te golpean en la cara dejándote unos moretones enormes y unas rajadas de las que sale tanta sangre que tu rostro se ha cubierto.

Caes nuevamente al suelo, desmayado.

En tu interior, recuerdas al chico de la puerta. Ese chico extraño dejo de serlo para ti en ese momento. Empiezas a recordar el día de la muerte de Andrea. Tratas de impedirlo, pero no puedes. Borraste ese horrible recuerdo de tu mente hace mucho tiempo. Y tanto tiempo lo ocultaste que llegaste a creer que nada había sido tu culpa. Pero Andrea te está obligando a recordarlo.

Tirado en el suelo, con los ojos totalmente en blanco, revives aquel 19 de agosto. Aquel trágico 19 de agosto del ’83, en el que tú y Andrea cumplían 1 año y medio de ser novios, y estaban en una vieja casucha escondida en el centro de la ciudad, cerca de donde vivía tu preciosa Andrea. Estaban solos, borrachos y locos de amor. Ambos acababan de cumplir los quince. La besaste. La continuaste besando durante un largo rato. El alcohol te comenzaba a afectar. Poco a poco, te le acercabas más y ya no solo querías besarla. La tomaste muy fuerte entre tus brazos. “¿Qué haces? No… espérate… por favor…” Ella no quería y tu sí. Era tanto tu deseo que la forzaste demasiado. Pero ella no se dejo. Te dio un empujón y caíste al suelo. Ella trato de hui hacia la salida, pero tú la alcanzaste. Te metió una cachetada pero no la soltaste. “¡Suéltame! ¡Suéltame por favor!” Y para que no se fuera tomaste lo primero que viste. Una vieja lámpara, muy antigua, muy grande y muy pesada. Se la soltaste en la cabeza, para que dejara de golpearte. Dejo de hacerlo. Pero cayó al suelo. Tú mirada se concentró en ella. No veías bien con la oscuridad, pero alcanzaste a distinguir los hilos de sangre que brotaban de su larga cabellera negra. Sus ojos marrones se pusieron en blanco y dejaron de brillar. Te arrodillaste y pusiste tus labios sobre los de ella. Ahí te diste cuenta de que ya no respiraba. Te aterrorizaste y saliste corriendo del lugar. Corriste y corriste. Llegaste a casa de Andrea y tocaste la puerta. Pensaste que solo él podía ayudarte y te entendería. Abre la puerta el padre de Andrea. “¿E-E-Está… Ra-Raúl? Necesito ha-hablar co-con él urgentemente. ¿Podría llamarlo po-por favor?”. Raúl salió y le pediste que te siguiera. Los dos corrieron lo más rápido que sus piernas podían. Llegaron. Le muestras el cadáver de su hermana, creyendo que como llevaban siendo amigos tanto tiempo, el te comprendería y te diría qué hacer. Pero su reacción fue darte un golpe que casi te rompe  la nariz. Empezó a llorar y a aventarte cosas. Te escondiste, y en la oscuridad el no te encontraba. “¡Sal, marica. Sal y defiéndete!” Desde donde estabas viste que sacó algo de su bolsillo. No sabías que era, pero se veía peligroso. Raúl pasó junto a la mesita en la que estabas. No te vio. Al alejarse más, tomaste un enorme florero, corriste hacia él y se lo rompiste en la cabeza. Viste a Raúl caer, muerto del impacto.

Y te saliste de esa casa para siempre. No la volviste a ver sino hasta 25 años después. Estás tirado en su piso, inconsciente.

Despiertas. Te levantas y ves a tu alrededor. Ya no sientes ningún dolor. Andrea se ha ido. Pero no sin antes vengarse.

La culpa de la verdad de ha afectado mucho. Ya es casi de día. Recorres tu casa, o por lo menos lo que queda de ella. Y en un rincón, te ves a ti mismo. Pero ese ya no eres tú. Es solo tu cuerpo. Está frío y pálido. Está sin vida. Andrea te ha condenado a vivir en esa casa por siempre. Deberás deambular ahí, y alejar a quienes traten de meterse a tu casa; pues unas enormes cadenas te sujetan a ella. No la abandonarás nunca.

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