Volví al paso, corriendo frenéticamente, no pude voltear de nuevo hacia atrás, no podía soportar la idea de volver a ver aquella figura destrozada, empapada de sangre, además tampoco quería ver la distancia cada ves más corta que les faltaba a los perros para que me alcanzaran. Con los ladridos y gruñidos que oía eran más que suficientes.
Llegue al final del camino, una verja cubierta por cualquier cosa; plástico, cartón o madera, que hiciera una frágil pared que no dejara ver al exterior lo que pasaba aquí dentro.
Ahora volteaba frenéticamente con la respiración tan intensa que parecía el ataque de una persona con asma.
Escale la rejilla, desesperado por salir de ahí, consiente de que pronto vendrían aquellas bestias a matarme.
Me pinche las manos varias veces con las púas metálicas que había, pero no me importaba, ya estaba a medio camino de salir , y eso me daba un entusiasmo sobrenatural que me hacia soportar el dolor físico.
De repente algo tiro de mi pantalón violentamente, uno me había alcanzado, intente soltármelo del pantalón dándole golpes con la el pie de la otra pierna en su cabeza, mis esfuerzo fueron inútiles, no me soltaba y ganaba terreno, ¡me estaba jalando de nuevo hacia adentro! La cosa se puso peor, llego otro y tiro del pantalón al igual que el otro.
-¡Suélteme malditos!- exprese con frustración mientras hacia todo lo posible para quitármelos de en sima.
De pronto la fuerza que me quería meter de nuevo desapareció y caí hacia atrás, golpeándome la espalda con el cemento de la acera. Di un grito que nadie oyó, el lugar estaba desierto, alejado de la ciudad, había una calle reseca, pavimentada, con grietas y protuberancias en todas partes, al otro lado de esta, no se veía signo alguno de civilización, escasos arboles secos y arena, era lo único que se podía ver. El frente era el único prometedor, a lo lejos, a mucha distancia se podían ver algunos edificios.
Quede tirado en el suelo con la cara tapada con mi brazo, con el pecho inflándose y desinflándose rápidamente, parecía que me iba a explotar, con el pantalón desgarrado, incompleto en una pierna que dejaba ver la pantorrilla sangrando en profundos puntos de una mordida. Oyendo ladridos y gruñidos que ya no me preocupaban tanto, por que estaban detrás de una reja, aunque un poco deteriorada, me daba confianza para detenerme y descansar por un momento.
Ahora podía sentir el dolor y cansancio de mi cuerpo, el dolor de cabeza, la brisa del viento soplando la herida abierta en mi pantorrilla, la cual ardía intensamente, el caluroso día de un sol que quemaba la piel. Pero lo más importante la inmensa felicidad y satisfacción que sentía por lograr salir de aquel infierno.
Un cuerpo tapo mi cara del sol, no podía ver nada de ella, el sol me lo impedía, solo distinguía dos siluetas humanas mirándome, lo que me hizo quitar toda tranquilidad, me aterraba el hecho de que fueran aquellos sujetos, de los que apenas acababa de escapar.
-Oye amigo ¿Te encuentras bien?- dijo la primera silueta.
Suspire, después de todo eran personas dispuestas a ayudarme.
-Si- le conteste con gran entusiasmo.
-Pero ¿Qué te a pasado?-dijo la segunda silueta.
-Larga historia ¿me podrían llevar?-
-Claro, pero…….tendrás que ir atrás, entre las frutas-
Solo sonreí.
Que coincidencias da la vida, resulta que las personas que me ayudaron el día de la fuga, eran parientes de Juan, primos de el para ser exactos, dentro de dos días ellos también iban a irse de México, ¿Su destino?, Chicago. Al contarles todo lo que nos sucedió decidieron ya no hacerlo, Juan fue enterrado en su pueblo, su historia y muerte fueron reconocidas por todas las personas que nunca se pierden las noticias, oyen la radio, abren el periódico o prenden la computadora.
En cuanto a mí, estuve hospitalizado una semana, levante una denuncia que fue inútil; cuando las autoridades correspondientes actuaron, los secuestradores se habían largado del lugar, sin dejar rastro alguno de su paradero. Ahora lo puedo comprender, aquellos no eran secuestradores cualquiera, se dedicaban a dos cosas en especifico, al trafico de órganos y a la trata de blancas, la verdad es que ambas me parecen repugnantes y no les encuentro mucha diferencia, pero creo que si no fuera por Juan, ahora estaría viajando por partes; hígado, corazón y riñones a diferentes partes del mundo.
Renuncie a mi trabajo, ahora soy el dueño de mi propia miscelánea.
Algo que algunas veces no me deja dormir tranquilo es la intranquilidad que me provoca el recuerdo de la última frase que le oí decir a Juan, “Corre y encierra a esos cabrones”, no lo logre, aun siguen libres, aguardando, tal vez salieron del país, tal vez solo se fueron a otro estado, estoy seguro que siguen secuestrando personas, esperando al siguiente y desafortunado pasajero que caiga victima de su autobús de la muerte.