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La calle Carranza tienen muchas historias que contar, si las tuviera que enumerar no tendría tiempo de contar esta en especial, sin embargo siento la obligación de contarla, por dos únicas razones, la primera es que es algo tan extraño y común a la vez, que me pide a gritos difundirlo como los panfletos de la comunidad cristiana que nadie le presta la suficiente importancia para leerlos. Como había comentado antes, hay infinidad de historias que contar acerca de aquella calle, desde las tradicionales presencias fantasmales, hasta encuentros cercanos con la mafia y la prostitución, la verdad no tengo deseos de hablar de eso, contare una historia que te hará pensar cada ves que subas a un autobús.

Veo al pasar por la calle, dos carriles en un solo sentido, sin transito a la vista; al fin y después de un agotador día en el trabajo regreso a mi casa. Ancio ver a mis hijos y a mi esposa, saludarla, darle un beso y sentarme a platicar con todos ellos, no resisto la emoción de que me pregunten como me fue hoy, contarles acerca de Carlos y su accidente con el café y…………. ¡joder! a quien engaño, tengo mucha hambre ni más ni menos.

Camino con la mirada hacia arriba, esperando a que en mi transcurso pase el autobús que me lleve al festín que me han preparado, tal vez alguna sopa o carne, si, la carne me caería perfecta.

Mientras me voy imaginado la comida que veré frente a la mesa en poco tiempo oigo un fuerte retorcijón de mi estomago que me recuerda a la vieja tubería del baño que arregle hace ya hace una semana y media.

Me detengo en la parada del autobús y me siento en la fría banca metálica a esperar transporte con el rumbo indicado, acomodo la corbata roja que solía ser mi preferida hasta que el inevitable uso la desgasto y percudió.

Veo aun lado y luego al otro sin señales de vida, tan solo las calles frías y oscuras que incitan a un pandillero a salir, por suerte mía no ha aparecido ninguno pero tengo en mente dicha posibilidad.

Pasan veinte minutos antes de que al fin llegue mi autobús, al igual que todos los autobuses de su ruta, tienen ese numero en el frente que los distingue de otros, además cuentan con una franja naranja alrededor de la unidad y  en medio de esta un logotipo de una águila en plan de vuelo con las siglas TPE su verdadero significado es Transporte Publico Estatal, sin embargo yo siempre lo he considerado como Transportes Pobremente Ensuciados, la razones de lo dicho lo deducirán si se ponen a recordar en algún autobús que hallan abordado.

Subo al autobús con un poco de pereza entre las piernas, y es que por mucho que ya quiera comer no me apetece para nada estar discutiendo de nuevo por el recibo de gas, luz y agua que llegan cada mes y justo hoy es el día en que aparecen en el buzón.

El conductor del autobús acelera en cuanto ha visto que mis pies se han despedido del asfalto, acto seguido mueve la palanca de velocidades, algo tan largo y retorcido que parece haber sido enterrado en el piso del autobús a la fuerza. Extiendo mi mano y la meto en el bolsillo, luego saco una moneda vieja y se la ofrezco a la persona a cargo del volante ella la acepta con tal indiferencia que ni si quiera la ve y la arroja a el deposito donde hay mas y de mayor valor.

Miro hacia el fondo de la unidad y noto que solo hay dos pasajeros, la verdad es que no se me hace extraño ya que a estas horas de la madrugada no hay mucha gente en las calles y menos montadas en un autobús, solo que hay algo en el pasajero del fondo que me tiene un poco nervioso, calculo que tiene entre 20 o 25 años por mucho, y dije calculo por que no le puedo ver gran parte de la cara a causa de la capucha negra que lleva puesta. Pero lo tomo a la ligera ya que es tipo de sujetos ponen nervioso a cualquiera, lo miro unos segundo y me siento dos lugares antes que el asiento del piloto. Ese lugar estaba sucio y garafateado con la frase “putos, banda K-S es la verga”, no seria la primera ves que he visto uno que se le pareciera. Volteo hacia la ventanilla, pero no logro ver nada concreto, tan solo figuras opacas entre el poco alumbrado publico que hay, luego me acomodo en el asiento que elegido, sin embargo no puedo lograr sentirme cómodo en este así que después de varios intentos me dejo de mover. El escaso presupuesto a las obras publica me hace tambalearme por todo los baches que aparecen en el camino al igual que el conductor gordo que hay al frente mío.

Aquel sujeto encapuchado que estaba sentado en la parte trasera de la unidad se para de su asiento y empieza a caminar torpemente hacia mí, supongo que no le gusta bajar por la parte de atrás, deduzco al instante en mi mente.

Lo siguiente no paso de los tres segundos, tan solo recuerdo oír el motor hueco y maltratado del bus detenerse rápidamente, al conductor dejar su puesto y voltear a ver detrás mío, yo, voltear la cabeza para ver lo que había, para mi sorpresa era el otro pasajero con un bate de metal, preparándose para golpearme; después de eso solo sentí una potente jaqueca que provoco mi inconsciencia.

-Ahhhhhh!!!!!!!!!- salió de mi boca mientras intentaba pararme del suelo frio.

Abrí los ojos y lentamente subí la mirada, con temor a saber donde estaba y no era para menos ya que no podía ver nada en absoluto con la mirada baja, no podía ver, ni un solo color distinguiéndose en la obscuridad que me rodeaba. Pronto recordé todo lo sucedido antes de caer a esa habitación, sabia que era una habitación por su piso y la pared húmeda que alcanzaba a tocar parte de mi codo, recordaba la siniestra sonrisa que el conductor hiso al voltear y el bate acercándose a mi antes de desmayarme.

-¡Oye!, ¡Heyyy! ¿Te encuentras bien?- dijeron en alguna parte, no estoy seguro de la distancia por que se parecía a un eco, pero si del sexo  y la edad de la persona que lo dijo, tal ves un joven de 16 o 17 años, uno de esos que se la pasan fumando a escondidas y no quieren llegar virgen al matrimonio, en fin.

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